Auster «no pudo parar» de leer Cien años de soledad

Sobre la pregunta inevitable que marcó su visita, dice que no conoció personalmente a García Márquez, pero recuerda que leer Cien años de soledad, a los 23 años, fue toda una experiencia.

«Ese memorable primer párrafo me absorbió por completo y no pude parar de leer». Las obras posteriores del colombiano le gustaron, pero nada se compara, recuerda, con esa novela, pues le pareció que tenía un enfoque totalmente nuevo de la ficción.

«Fue muy innovador e inspirador al demostrarnos que aún quedaban formas nuevas de hacer las cosas», recuerda.

-¿Qué otros escritores latinoamericanos ha descubierto en la última década? «La obra de Álvaro Mutis me gusta mucho.

 

Bolaño es mi último descubrimiento en literatura latinoamericana y tengo sentimientos encontrados con respecto a él. Me gustó, pero no toda su obra. Algunas cosas las encuentro mejores que otras. En esta locura de popularidad que hay por él, creo que se publicaron textos que no estaban listos para ser publicados y se han reciclado cosas de inferior calidad.

Pero en algunos de sus libros se nota que era un escritor sumamente talentoso. Él cae dentro de una categoría -y ésta es una teoría que he estado desarrollando-, que yo llamaría muchachos escritores. Bolaño me parece un muchacho escritor, como Edgar Allan Poe o Georges Perec, otro escritor al que admiro mucho.

Un muchacho escritor es alguien que exalta la pura exuberancia de su propia mente, alguien a quien le gusta la literatura por sí misma y demostrar lo inteligente que es. Es una especie de fuerza primaria en la literatura, pero esa no es la única manera de abordarla. Tolstói, por ejemplo, no es un muchacho escritor, habla de profundas emociones de un modo en que no lo hace ninguno de estos muchachos escritores.

El placer de leerlos a ellos es algo distinto, por el encanto y la chispa de una mente aguda, y eso produce placer. Tolstói no siempre produce placer, pero provoca una profundidad de sentimientos, que pocos autores causan hoy en día».

-¿Por qué usa la palabra «muchachos»?

-Porque hay algo en estos autores brillantes que los hace ser muchachos. Thomas Pynchon también lo es. Están enamorados de lo que hacen. Les encanta mandarse las partes. Les encanta mostrarnos lo que pueden hacer. Hay algo lúdico en eso.

Es embriagador para el lector y muy entretenido, aunque algunos libros de Bolaño son sombríos, como Estrella distante, en el que sale esa escritura en el cielo, ¡que es una idea maravillosa!».

Confiesa que los editores le envían todo el tiempo nuevos libros de jóvenes latinoamericanos de los que ni siquiera recuerda su nombre. «Tengo una pila de libros que algún día llegaré a leer cuando termine de escribir mi propio libro. Lo que sí puedo decir es que la literatura latinoamericana es muy saludable y sigue produciendo libros interesantes, con un mundo propio que no es europeo ni norteamericano. Tiene su propio sabor estimulante», afirma.

-Su libro Poesía completa (Seix Barral) supone un trabajo ya terminado. ¿No sigue escribiendo versos?

-Bueno, quedó «completa» en el año 2004. Esos eran los poemas que yo quería publicar y los que deseo conservar. Dudo que vuelva a escribir poesía, pero ¿quién sabe? Por ahora, no estoy demasiado interesado».

Después de sus dos últimos libros autobiográficos, Diario de invierno e Informe del interior(Anagrama), ha dicho que ahora está escribiendo una novela.

-Sí. Hubo un período en el que había escrito varias novelas, una detrás de la otra, y estaba como afiebrado y necesitaba hacer una pausa. Me dije que era el momento de regresar a la autobiografía. Ahora que ya lo hice, he vuelto a escribir una novela y es un libro largo que me ha llevado años terminar. Ya he escrito 300 páginas y sigo y sigo. Todavía le estoy buscando un título. Nunca hablo sobre lo que estoy haciendo, porque trae mala suerte, pero se la he estado leyendo a Siri y dice que le encanta.

-¿A su juicio, quién merece el Premio Nobel de este año?

No tengo idea. ¿Cómo puede hacerme esa pregunta? Solo quiero darle mi opinión sobre los premios literarios. Creo que son realmente estúpidos y no creo en ellos, pero al mismo tiempo, si a uno le dan alguno es muy agradable y se siente muy feliz y pretende que tiene algún significado.

Ha recibido una palmadita en la cabeza de unos extraños y es muy lindo para usted y su familia y sus padres, pero eso es todo. A nadie más le importa y no significa mucho. Solo basta ver a cuántos premios Nobel ya nadie los lee.

Obtener un Nobel no lo convierte a uno en un gran escritor y algunos que fueron grandes escritores han sido olvidados, en tanto otros, que nunca lo obtuvieron, siguen siendo leídos.

Basta con pensar que los tres más grandes escritores del siglo XX -si se puede decir que Joyce, Proust y Kafka fueron los tres más grandes- nunca ganaron el Nobel. Nabokov y Borges tampoco, así que realmente no significa nada.

sc

fuente eluniversal.com.mx

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