“¡Una moneda por favor!… ¡mi mamá muere! ¡Agoniza!”

A punto de alcanzar el clímax lagrimal, el desconocido se comporta profesionalmente frente al usuario que no le presta atención.

 

Mario GIRÓN

Verdad o mentira. Solo él lo sabe, un desconocido, un caballero frisando los 60 años.

Con la autorización del conductor aborda el transporte público urbano con destino a la colonia Reforma.

Una vez abordo. Se prepara, sube el telón y con capacidad histriónica arranca su obra social. Acción:

Baja las cejas. Enseguida arruga más el rostro. Entristece. Poco a poco abre la boca para sorprendernos soltando un dejo de dolor, que para él, significa monedas, billetes:

“¡Por piedad!… ¡No me abandonen!… ¡Estoy solo! ¡Mi madrecita muere!”.

Luego, con ademanes de poesía, digna de alumnos de primaria, cuando las escuelas estaban funcionando, explica:

“Mi jefecita, cabecita blanca, es diabética, está muy mal de salud. Somos de clase humilde. No puedo dejar morir a mi madre. Necesito medicamento y dinero para la farmacia y médicos”.

A punto de alcanzar el clímax lagrimal, el desconocido se comporta profesionalmente frente al usuario que no le presta atención. Busca atraerlo. Necesita ganar la apuesta, obtener dinero fácil.

Le clava la mirada como un puñal ardiente. Da en el blanco. Logra que lo atiendan. Los ojos se encuentran por la fuerza. Luego, poco a poco  su vista va recorriendo lentamente a la víctima hasta clavarse en la bolsa de la señora, a la que con un intento de llanto vuelve atacar y triunfar:

“¡Por favor! ¡No me abandone!

Es aguerrido, insistente, no se da por vencido, se ampara en el chantaje religioso. Sabe cómo seducirlos:

Dios se lo recompensará. Mi pobre madre se está muriendo. Ayúdeme. Hoy es la mía. Mañana puede ser la de usted….

Finalmente alcanza el objetivo monetario:

No se da abasto; estira las dos manos y empiezan a caer las monedas salidas del bolsillo del usuario generoso, solidario con una causa social pero sin saber si es verdad o mentira.

Simplemente, el caballero solicitante, desaseado, no inspiró confianza. Sin embargo se impuso la buena voluntad de los que menos tienen.

Cuando observó que el reportero hurgaba en su mochila, deseando alcanzar la cámara fotográfica, el desconocido espero, pensaba que recibiría más monedas. Se espantó al ver que estaba siendo enfocando y emprendió la graciosa huida.

Nueva manera de ganarse la vida sin trabajar honestamente, simplemente actuando a través del chantaje sentimental.

fuente http://www.rotativooaxaca.com/

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