Los niños músicos del basurero

VILLA DE ZAACHILA, Oax.- Son de figura menuda, morenos, chaparritos. Algunos apenas soportan el peso de los instrumentos, otros ni los pies pueden poner en el piso cuando se sientan frente al atril. No han terminado la primaria, pero ya saben leer las notas, las claves, los sostenidos, los bemoles y las corcheas.

Ni bien salen de la escuela, llegan casi corriendo a sus casas, ni bien comen y se encaminan por las polvorientas calles para encontrarse con su gran pasión. Siempre llegan sonriendo, con los ojos vivaces y jugueteando, entre un gran bullicio. Y entre chascos y remedos porque a alguien se le inflan mucho los cachetes en el momento de soplar, aprenden día a día a tocar con destreza la trompeta, el trombón, el flautín, el clarinete, el oboe, la flauta, la trompa, los timbales, los bongoes y las congas.

Son los alumnos de la Escuela de Iniciación Musical “Santa Cecilia”, ubicada en la colonia Vicente Guerrero de esta municipalidad, cinturón de pobreza y marginación de los Valles Centrales, rodeado por un enorme tiradero de basura a cielo abierto.

Sus primeros pasos musicales los han dado con el indígena zapoteco Camerino López Manzano, con estudios en el Conservatorio Nacional, maestro y director fundador de esta escuela. Aunque ahora tienen la fortuna de recibir instrucción del afamado maestro francés Jean Jacques Metz, trompetista y trombonista, creador de un revolucionario método de enseñanza dirigido especialmente a los niños.

Esta técnica, que se basa en el aprendizaje por imitación, está publicada en el libro Urbain Band Book, como resultado de 10 años de práctica en las escuelas Urbain Le Verrier de la ciudad de Nantes.

A pesar de su reconocimiento internacional como director de orquesta, Juan Santiago, como gusta que le digan aquí, por ser esa la traducción de su nombre del francés al castellano, no vaciló y aceptó la invitación de su connacional, Isabelle de Boves, pilota de un Airbus A360 de la línea aérea Air France —quien se ha encargado de buscar financiamiento para realizar este proyecto—, sin cobrar un solo euro en percepciones.

Ahora se le ve vestido con ropa sport, caminando todos los días por las maltrechas calles, con unas sencillas sandalias, lejos del glamour de Nantes, una de las zonas metropolitanas más grandes del Oeste de Francia, rodeada por los ríos Loira, Erdre, Sèvre Nantaise, Chézine y Cens, para llegar a la escuela.

Por su sencillez, pero sobre todo por su trabajo desinteresado y cariño a los niños, ha recibido una gran acogida de sus alumnos y de los pobladores de ese asentamiento.

“Me siento muy bien, es un gusto estar aquí; me pareció bien la idea y vine a tratar de ayudar porque estos niños también aman la música”, dice.

En Nantes, Jean Jacques Metz también colaboró en programas similares, fundamentalmente en los barrios más pobres.

LA MÚSICA, EL MEJOR LENGUAJE

“Es un trabajo parecido, me gusta ayudar y compartir mi programa de pedagogía. La música es un medio educativo extraordinario”, agrega.

—¿Y el idioma no es una barrera?, se le pregunta.

—Tenía mis dudas porque no hablamos el mismo lenguaje, pero la música es el mejor lenguaje. La música es uno de los lenguajes universales, una de las maneras de transmitir, comprender y comunicar sensaciones y sentimientos.

—¿En qué se basa su método de enseñanza?

—Es un método desarrollado para quienes apenas están aprendiendo; se trabaja principalmente con el oído y no tanto con la música escrita. Aquí, los niños son muy retentivos; aguzan muy bien el oído para escuchar e imitar. Son muy atentos.

—En Nantes, ha hecho usted algo similar, ¿pero había tenido usted una experiencia parecida?

—No, esto me conforta, sobre todo porque esta iniciativa surge desde abajo y no de arriba. Es el deseo de los niños, de sus papás, de la gente de la colonia. Cuando regrese a Francia me haré sin duda muchas preguntas por esta situación. También me impresiona mucho la energía de los niños; pueden tocar cuatro horas y no se cansan. Allá en Francia, piden descanso después de una hora. Es gente de mucho corazón.

Una banda multicolor

VILLA DE ZAACHILA, Oax.- Hastiados, fastidiados por la pobreza y los problemas sociales, un grupo de jóvenes de la colonia Vicente Guerrero, perteneciente a esta municipalidad, pero eclesiásticamente jurisdicción de la parroquia de San Bartolomé Apóstol, de San Bartolo Coyotepec, se organizó y fue a ver al sacerdote José Rentaría Pérez.

“Hace casi cinco años, vinieron una noche y me empezaron a platicar la situación de violencia, del alcoholismo, de la drogadicción, del abandono, de las bandas y del abandono familiar, pero también de la necesidad de crear alternativas para acabar con todo eso. ‘De acuerdo’, les dije, pero necesitamos formar un grupo base que impulse el trabajo, ellos aceptaron ser la base; entonces nos asesoramos con los jesuitas quienes tienen una pastoral juvenil interesante y comenzó la formación, no solamente religiosa sino humana”, relata el presbítero.

Sin embargo, los jóvenes no quedaron satisfechos del todo y requirieron acciones más concretas para dar un vuelco a su historia de vida.

“Me decían ‘no creo que les interese mucho el catecismo y venir a misa’; fue así que surgió la iniciativa de crear talleres de dibujo y pintura, de guitarra, de mandolina y de solfeo. Y un año después, en el verano del 2011, se fundó la escuela de iniciación musical; ha tenido una acogida notable. Esto, ha permitido la formación la Banda de Música Santa Cecilia, aprovechando la cultura indígena de los jóvenes porque la mayoría llegó con sus padres de diferentes comunidades. La Banda de Música se ha presentado en conciertos en la colonia y en otros lugares”, agrega.

Afortunadamente, la música no solamente ha formado artísticamente a los jóvenes sino también se ha convertido en una alternativa de desarrollo humano porque se han alejado de sus antiguos males sociales.

“Algunos instrumentos fueron comprados por los papás, pero otros por obsequios de ciudadanos franceses a iniciativa de Isabelle de Boves (sobrina de la religiosa Nicolle Villier, integrante de Las Hermanitas de Jesús, una congregación de religiosas contemplativas, con trabajo en la parroquia); algunos eran nuevos y otros de uso. Fueron donaciones niño a niño e incluso de adulto a niño”, anota.

Las primeras clases de solfeo de los jóvenes quedaron a cargo de un indígena zapoteco, Camerino López Manzano, surgido del Centro de Capacitación Musical y Desarrollo de la Cultura Mixe (Cecam), habitante también de la colonia Vicente Guerrero.

“Es un trabajo que inició el maestro Camerino; ha puesto un gran interés en el proyecto. Cobra una cuota simbólica de 10 pesos por clase”, indica.

 

fuente noticiasnet.mx

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